¿Puede el dinero comprar una dinastía? Texas A&M está por averiguarlo

Walter Nolen fue el recluta número uno del país en 2022 y firmó con Texas A&M. Terminó su carrera universitaria en Ole Miss. Evan Stewart, el mejor receptor de aquella misma camada, se fue a Oregon, y antes de irse dejó dicho que el problema era el paupérrimo juego de quarterback en College Station. LT Overton acabó vistiendo la camiseta de Alabama; Anthony Lucas, la de USC; Conner Weigman, el five-star que iba a resolver justamente ese problema de quarterback, también hizo las valijas.

De los treinta jugadores que Jimbo Fisher firmó en lo que sigue siendo la mejor clase de reclutamiento desde que existen los rankings, diecinueve terminaron abandonando el programa. Tres de ellos llegaron a la primera ronda del draft de la NFL. Ninguno lo hizo desde Texas A&M. Eso fue lo que compraron los Aggies la última vez que decidieron ser los que más gastaban.

Conviene tener esa lista a mano ahora que en College Station volvieron a abrir la billetera de par en par. Los reportes hablan de unos diez millones de dólares volcados sobre la clase 2027, contra un promedio de cinco a siete millones entre los programas de arriba. “Están gastando una fortuna, fácil diez millones”, dijo un general manager de la SEC, con esa mezcla de fastidio y envidia que se le escucha a cualquiera que juega el mismo torneo con menos dinero. La clase es, otra vez, la número uno del país. El titular es prácticamente el mismo que hace cuatro años, con los ceros corridos hacia la derecha.

A&M arranca el año con Marcel Reed de vuelta como titular. (Foto/Getty)

La comparación es tentadora y hasta cómoda, pero sería injusta si la dejáramos ahí. Porque lo que fracasó en 2022 no fue el gasto: fue Jimbo Fisher. Aquel plantel tenía talento de sobra —la línea defensiva de Nolen, Shemar Stewart y Overton era una barbaridad para el nivel universitario— y Fisher se las arregló para hacer 11-11 con eso y para que la universidad terminara pagando el buyout más caro en la historia del deporte para sacarlo del edificio. El material estaba. Faltó todo lo demás: un plan ofensivo coherente, un vestuario que no se desintegrara, alguien capaz de convertir a un chico de dieciocho años con cinco estrellas en un jugador de fútbol americano.

Y ahí es donde Mike Elko se separa del antecesor, con datos y no con promesas. Llegó a College Station y en su segunda temporada metió al equipo en el College Football Playoff. En el último draft colocó diez jugadores, récord del programa. Su prestigio se construyó como coordinador defensivo y como desarrollador, es decir, en el trabajo silencioso y poco fotogénico que Fisher nunca hizo. La universidad le respondió con una extensión de seis años y 69 millones de dólares, que es la manera institucional de decir: confiamos.

Cambió también el mundo alrededor, y esto importa más de lo que parece. En 2022 el NIL era tierra de nadie, un mercado sin precios de referencia donde los boosters de A&M sacaron ventaja simplemente por ser los primeros en poner plata gruesa sobre la mesa. Hoy las universidades pagan de manera directa a sus jugadores, hay un techo de reparto de ingresos, y los valores se profesionalizaron hasta niveles que hace un lustro parecían de ciencia ficción. Un quarterback de la clase 2027 puede pedir un millón y medio antes de pisar un campus, y a un pass rusher de elite se le acerca al millón setecientos. Con esos números, gastar diez millones no es excentricidad de nuevo rico.

Hay un detalle, sin embargo, que cuesta pasar por alto. Elko fue uno de los que advirtió públicamente que las universidades podían fundirse persiguiendo el éxito a fuerza de talonario. No fue hace tanto. Hoy es el que más gasta del país. No lo leo como hipocresía sino como algo bastante más deprimente; la constatación de que en el college football de 2026 nadie puede permitirse tener razón y quedarse afuera al mismo tiempo. Elko simplemente eligió el bando que gana partidos.

El problema de fondo es que ninguna de estas cifras responde la pregunta. Diez millones garantizan los mejores diecisiete años del país; no garantizan que en tres temporadas esos chicos sigan en el plantel, que se aguanten un noviembre en el que las cosas van mal, que no miren el portal de transferencias en cuanto un rival les ofrezca más. El talento se alquila temporada a temporada.

A&M arranca el año con Marcel Reed de vuelta como titular, 65% del plantel que regresa y diecisiete transferencias nuevas. Suficiente para volver al Playoff, dicen. Ojalá. Pero el verdadero examen es el día, dentro de dos o tres años, en que alguno de estos five-stars de la clase 2027 tenga un mal partido, escuche una oferta de Georgia y tenga que decidir si se queda. Ahí se va a saber si Texas A&M compró una dinastía o si volvió a comprar, muy caro, una temporada de titulares.

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