En marzo de 2023, Baker Mayfield firmó con Tampa Bay Buccaneers un contrato de un año y ocho millones y medio de dólares. Ocho y medio. Para un exnúmero uno del draft que en apenas una temporada había pasado por Cleveland, Carolina y Los Ángeles, waiveado en el camino como si fuera un jugador de relleno, ese papel era menos una oferta que un salvavidas. Tom Brady se acababa de retirar, Tampa no confiaba del todo en Kyle Trask, y a Mayfield lo agarraron básicamente porque estaba disponible y era barato. Un descarte para tapar un agujero. Así llegó.
Tres años después, ese mismo hombre está sentado esperando que le pongan sobre la mesa un contrato de 50 millones de dólares por temporada. Y la franquicia que lo rescató del descarte ahora duda y se dice a sí misma que quizás lo más inteligente sea esperar. Ahí está, condensada, toda la tensión de esta negociación. El equipo que apostó por él cuando nadie más lo quería es el mismo que hoy no termina de decidir cuánto vale.
Uno entiende de dónde sale la duda de Tampa, que conste. Mayfield viene de la peor temporada de sus años en Florida, ningún equipo se apura por reventar la chequera con un quarterback que acaba de bajar el nivel, y por si faltara más, la franquicia todavía guarda en el bolsillo la carta del franchise tag para 2027. Esperar parece la jugada prudente. El problema es que, en el mercado de quarterbacks de esta liga, esperar casi nunca sale gratis, y con demasiada frecuencia termina siendo la manera más cara de resolver las cosas.

Conviene entender cómo llegamos hasta acá. Mayfield transita el último año de aquel contrato de tres temporadas y 100 millones que firmó en 2024, apenas doce meses después del salvavidas. En su momento pareció un acuerdo astuto, casi una ganga. Hoy, con el mercado inflado hasta lo grotesco, quedó barato. Y Mayfield lo sabe. Por eso puso una fecha sin vueltas; si no hay extensión antes de que abra el training camp, el 28 de julio, apaga el teléfono hasta que termine la temporada.
Esta misma semana, con los campamentos a la vuelta de la esquina, el propio jugador repitió que él y el club “no están ni cerca”. Es la segunda vez desde junio que lo dice en público, y conviene tomárselo en serio, porque si algo demostró Mayfield a lo largo de su carrera es que no le tiembla el pulso para apostar por sí mismo. Ya lo hizo con aquel contrato de prueba en 2023. Un tipo que aceptó jugarse el futuro por ocho millones no es un tipo que se asuste de jugarse un año más.
El problema de esperar en un mercado que solo va para arriba
El mercado de los quarterbacks tiene una característica que lo vuelve traicionero para cualquier gerencia que se quiera hacer la astuta; se mueve en una sola dirección. Para arriba, siempre. Cada extensión que se firma en la liga durante el offseason vuelve a levantar el techo, y del otro lado del teléfono el agente de Mayfield anota cada uno de esos contratos con la calculadora en la mano. El número que se filtró, esos 50 millones de dólares anuales como piso de la negociación, no salió de la galera, salió de mirar lo que están cobrando los demás.
Si Mayfield tiene una buena temporada en 2026, su precio escala. Y si Tampa pretende retenerlo el año que viene apretando el botón del franchise tag, se va a encontrar con un salario de un año entero, garantizado hasta el último centavo, pegado al tope del mercado y sin la menor certeza de costo a futuro. Esperar no protege a los Buccaneers de nada. Apenas le entrega a Mayfield más poder de negociación del que ya tiene.
Hay que ser justos con el contraargumento, porque existe y es serio. Agentes con experiencia, como Joel Corry, sostienen que dejarlo jugar el año y evaluarlo una vez más es lo sensato justamente porque viene de bajar el rendimiento. Sobre el papel, suena responsable. En la práctica, es el manual clásico para terminar pagando un sobreprecio, porque asume que el tiempo va a aclarar las cosas cuando lo más probable es que solo las encarezca.
Lo que Tampa prefiere no mirar
Hay, encima, una dimensión más. Mayfield es la identidad ofensiva de este equipo, guste o no. No solo se reconstruyó él en Tampa, sino que estabilizó la posición más importante del deporte. En tres temporadas promedió números más que sólidos y se ganó el vestuario, que en un quarterback no es un detalle decorativo sino parte importante del trabajo.
El argumento de la mala temporada es cierto, pero tramposo. Mayfield jugó buena parte de 2026 lastimado y con sus receptores cayéndose de a uno, en un equipo que se desangró de un prometedor 6-2 a un 8-9 que lo dejó afuera de playoffs por primera vez desde 2019. Colgarle a él solo esa caída es una mala lectura, de esas que solo sirven para justificar una postura en una negociación.
nada de esto obliga a Tampa a firmar cualquier cosa. Cincuenta millones por año por alguien que viene de un año flojo es una apuesta con riesgo real, y la cautela del club tiene su fundamento. Pero hay un abismo entre negociar con firmeza y creerse el cuento de que el tiempo juega a favor. Los Buccaneers rescataron a Mayfield del descarte por ocho millones y lo vieron convertirse en el rostro de la franquicia. Sería una ironía amarga que, por querer ahorrarse unos dólares hoy, terminen pagándolo mucho más caro el año que viene, o peor, mirándolo jugar en otro lado.
