Drake Maye volvió a recordarle a toda la NFL por qué terminó segundo en la votación del MVP el año pasado. Ante Las Vegas Raiders, en Foxborough, completó 26 de 34 pases para 374 yardas y cuatro touchdowns, sumó otra anotación por tierra y lideró un contundente 45-17. Fue su mejor tarde de 2026 y una respuesta enorme para quienes ya empezaban a dudar de él.
Pero el partido importa más por lo que significa que por lo que dice el roster. Maye lo hizo sin Mack Hollins, sin AJ Brown y con la defensa sin Christian Gonzalez ni Carlton Davis III, y además terminó por primera vez en la temporada sin una sola pérdida de balón. Para un quarterback que llegaba con siete intercepciones en cuatro partidos, ese dato pesa tanto como las yardas.
La pregunta es inevitable. ¿Estamos ante el salto que New England esperaba? La respuesta es que sí, pero con matices. Lo que vimos no es un jugador nuevo, sino al Maye de 2025, el de las 4.394 yardas, 31 touchdowns y apenas 8 intercepciones, reapareciendo cuando más falta hacía. El verdadero salto no es una tarde brillante, sino sostenerla.
Del naufragio de septiembre a dos semanas de “MVP”
Conviene no olvidar cómo empezó todo, porque el contraste es lo que le da valor a esta reacción. En el debut de la temporada, ante los Seahawks, en la revancha del Super Bowl, Maye tiró tres intercepciones y el equipo dilapidó una ventaja de 10-0. Luego llegó una victoria sobre los Steelers (20-3) que fue más mérito de la defensa que suyo, con 208 yardas, ningún touchdown y una intercepción. Y después el golpe más duro. El 35-6 ante los Jaguars, con 14 de 25 para 199 yardas y dos intercepciones. Tras tres juegos, sus números eran de 585 yardas, un solo touchdown y seis intercepciones, con un récord de 1-2 y rumores sobre su hombro derecho que él mismo desmintió.
El cambio llegó en Buffalo, y ahí está para mí la clave de todo. Contra los Bills, invictos hasta ese momento, Maye cerró con 22 de 37 para 269 yardas y tres touchdowns, además de 54 yardas por tierra. Lo hizo pese a dos pérdidas de balón en la primera mitad y a una presión inédita: fue presionado 21 veces, un récord personal. Lo más llamativo es que contra el blitz fue 9 de 14 para 118 yardas y tres touchdowns, cuando en las primeras tres semanas, bajo presión, había completado apenas el 42% con tres intercepciones. Ese 29-26 le devolvió confianza al vestuario y, sobre todo, a él mismo.
Ante los Raiders vino la confirmación. Siete touchdowns en dos semanas, contra uno solo en las tres anteriores. Es, además, el primer quarterback de los Patriots con dos partidos seguidos de al menos tres pases de touchdown desde Brady en 2018, y el segundo juego de 300 yardas de su carrera. También fue interesante cómo repartió el ovoide. DeMario Douglas terminó con dos TDs, Hunter Henry, Kyle Williams sumaron un TD cada uno y una ofensiva que sumó 536 yardas, la mejor marca del año. Aun así, hay que mantener la cautela. Son siete intercepciones en cinco partidos y una defensa golpeada por las lesiones, y el 3-2 todavía no alcanza para hablar de contender. La prueba de fuego será sostener este nivel. Si lo logra, el salto que New England esperaba no habrá sido un destello, sino el regreso definitivo de su quarterback franquicia.
