Los New England Patriots llegaron a 5-3 después de ganarle 24-19 a los Miami Dolphins, y lo hicieron con un ataque que sobre el papel no debería funcionar. A.J. Brown, la gran incorporación del offseason, quedó afuera por una lesión de rodilla y tobillo, y fue la quinta semana que se perdió. TreVeyon Henderson tampoco jugó por una enfermedad, Hunter Henry se retiró del campo con un problema en el pie, y Mack Hollins y Romeo Doubs seguían en la lista de reserva de lesionados. En ese contexto, Drake Maye completó 16 de 20 pases para 199 yardas, dos touchdowns y ninguna intercepción, y sumó otro touchdown por tierra.
La imagen más clara del partido llegó en la segunda mitad, cuando New England dio vuelta el marcador. El joven amriscal de campo completó 9 de 10 pases para 146 yardas e hilvanó dos anotaciones, de 43 yardas para Kyle Williams y de 48 para DeMario Douglas. Con un cuerpo de receptores reducido a cuatro nombres y una línea ofensiva que viene lidiando con lesiones durante toda la temporada, el quarterback fue el factor que sostuvo todo el esquema.
Ese partido resume la idea central: cuando un equipo tiene un quarterback de nivel élite, el techo del ataque deja de depender tanto de quién lo rodea. Maye está dando una muestra clara de eso en 2026, y lo hace después de un arranque de temporada que parecía anticipar lo contrario.
De un inicio frustrante a una racha de nivel MVP
Los números del tramo inicial eran pobres. En las primeras tres fechas, el ex UNC cometió siete pérdidas de balón contra un solo touchdown de pase. Ese comienzo hizo dudar a muchos sobre si el salto de 2025 era sostenible. En la pasada temporada, el equipo terminó con un récord 14-3, ganado la AFC Este y llegado al Super Bowl LX, con Maye en el segundo equipo All-Pro y un 72,0% de pases completos, 4.394 yardas y 31 touchdowns. Pero la sombra de un posible estancamiento aparecía justo cuando se necesitaba confirmación.
La respuesta fue contundente. Maye lleva cinco partidos seguidos con al menos dos touchdowns de pase. Con las 199 yardas de Miami, su temporada suma 1.983 yardas aéreas, 15 touchdowns y 8 intercepciones, con 67,1% de efectividad y 216 yardas y tres touchdowns por tierra. Pero el dato que más me llama la atención está en los pases largos. En los últimos cinco partidos completó 36 de 53 intentos de diez o más yardas en el aire, para 782 yardas, diez touchdowns y una sola intercepción.

Es un nivel que se sostuvo incluso bajo presión. Es la señal más reveladora, porque muestra que no está dependiendo de que su protección y sus receptores le den tiempo y espacio. Está resolviendo las jugadas aun cuando el entorno falla. La derrota ante Chicago, 30-24 en la Semana 7, ilustra el otro lado de la moneda. Maye lanzó 321 yardas y completó 24 de 31, y aun así el equipo perdió. Un jugador no puede ganar solo todos los partidos.
El mariscal de campo de tercer año está mostrando por qué un quarterback franquicia vale tanto. No es una cuestión de números aislados, sino de la capacidad de mantener a un equipo competitivo cuando el roster se desarma. Si New England logra recuperar a Brown, Doubs y Hollins, el ataque tiene margen para elevarse todavía más. Si no, la temporada se va a seguir sosteniendo sobre los hombros de un jugador de 24 años que, a esta altura, ya le dio al equipo algo más valioso que una buena racha: la certeza de que con él siempre hay un partido por ganar.
