El primer año en que las universidades le pagaron a sus jugadores y cambió el college football para siempre

Durante más de un siglo, el college football se sostuvo sobre un principio que hoy suena casi arcaico: los jugadores no podían recibir un salario por parte de sus universidades, mientras entrenadores y conferencias facturaban miles de millones de dólares en derechos de TV, entradas y sponsors. Ese modelo terminó de forma oficial el 1 de julio de 2025, cuando entró en vigencia el histórico acuerdo conocido como House v. NCAA, que habilitó a las universidades a pagarle directamente a sus atletas por primera vez en la historia.

La temporada 2025-26 fue, entonces, la primera en reflejar de lleno esta nueva era de “revenue sharing”, o participación en los ingresos. Con un tope inicial de aproximadamente 20,5 millones de dólares por universidad para repartir entre sus deportistas, el sistema desató una reconfiguración total del reclutamiento, la relación entre programas grandes y chicos, y hasta la forma en que se arman los roster. De las 364 escuelas de División I, 310 decidieron sumarse al esquema, mientras que 54 optaron por quedar afuera, al menos por el momento.

A un año de este cambio de paradigma, ya es posible sacar conclusiones sobre cómo transformó al deporte universitario. Desde la brecha económica entre conferencias poderosas y programas medianos, hasta el rol cada vez más protagónico del transfer portal como una suerte de mercado de pases anual. Todo esto redefine no solo cómo se arma un equipo competitivo, sino también qué significa hoy ser un “amateur” en el college football.

De las becas al salario: así cambió el mapa del college football

El primer efecto directo del revenue sharing fue la ampliación de lo que un jugador puede recibir. Antes, la única vía de compensación formal era la beca deportiva, complementada desde 2021 por acuerdos de nombre, imagen y semejanza (NIL). Ahora se suma un tercer canal, y el más determinante: el pago directo desde el presupuesto de la propia universidad, que convive con las becas y con los contratos NIL de terceros. Un jugador puede hoy percibir ingresos de las tres fuentes al mismo tiempo, algo impensado hace apenas un lustro.

Ese cambio disparó, casi de inmediato, una reconfiguración del reclutamiento. Las conferencias poderosas –SEC, Big Ten, ACC y Big 12– concentran la enorme mayoría de los recursos, porque sus ingresos por televisión y taquilla son los que alimentan el tope de reparto. Eso amplió todavía más la brecha con programas de conferencias medianas o chicas, que compiten con presupuestos sensiblemente menores para retener talento. El resultado es una liga universitaria cada vez más polarizada, donde un puñado de potencias puede pagar contratos que rivalizan con salarios de ligas profesionales menores, mientras otros programas luchan por no quedar relegados.

El transfer portal, por su parte, se consolidó como la pieza que conecta todo el sistema. Con jugadores que ahora negocian de forma abierta su valor de mercado, cada ventana de transferencias se transformó en una suerte de agencia libre universitaria, donde el mejor postor tiene más chances de quedarse con las piezas más codiciadas. Esto también aceleró la rotación de planteles año a año, con menos jugadores completando su carrera universitaria en un mismo programa.

El College Football podría dejar de existir tal y como lo conocemos debido al dinero. Foto: Getty Images via The Athletic

Otro punto clave fueron los nuevos límites de roster, que reemplazaron al histórico sistema de límites de becas. Ahora los equipos de fútbol americano están limitados a 105 jugadores totales, lo que en la práctica redujo el margen para acumular planteles gigantes. Combinado con becas completas garantizadas para cada lugar del roster, el esquema empuja a los programas a ser mucho más selectivos y estratégicos a la hora de construir sus equipos, priorizando calidad por sobre cantidad.

Finalmente, no todas las universidades pudieron adaptarse. Varios departamentos atléticos, incluso de programas tradicionalmente fuertes, reportaron déficits para poder cumplir con el tope de reparto y, al mismo tiempo, sostener el resto de sus disciplinas. Esto abrió un debate de fondo sobre la sustentabilidad del modelo a largo plazo. Si el college football se profesionaliza cada vez más, la gran incógnita es si todos los programas podrán seguirles el ritmo a los gigantes, o si la brecha terminará por partir en dos al deporte universitario tal como se lo conocía hasta ahora.

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